Elogio de la burbuja
Bien lejos de los artificios de Hollywood, la de Marlon Brando era un atolón de la Polinesia, uno de esos fascinantes anillos de corales que llevan engastada una laguna marina de un azul irreprochable. En cambio, para proteger su locura de la locura del mundo, Howard Hughes, el legendario multimillonario afligido de fobias y manías de alto grado, elegía el último piso de los más lujosos hoteles de Acapulco, Beverly Hills, Las Vegas, Londres Managua o Nassau, que en general compraba para garantizarse un confort absoluto sin salir de ellos más que para ir al aeropuerto.
Pero la opulencia sin barreras no es un requisito imprescindible para acceder a la burbuja propia. Es más, en la materia la sencillez se revela a menudo muy propicia: no hay burbuja más fiable que la que pasa desapercibida. Hablo por experiencia. El tema me ocupa de toda la vida. Inicié temprano a deslizarme y domiciliarme en esos otros espacios, reales por obra de la imaginación, que aparecen por entre las fisuras de lo cotidiano. Bastaba abrir un libro para entrar en una de esas esferas y quedarme allí adentro mañanas y tardes enteras. Por mandato del calendario escolar, fines de semana y veranos eran los momentos más propicios, lo que hace hoy su recuerdo doblemente placentero.
Mi cuarto de chico, una habitación de servicio alta sobre un patio emparrado, fuera del circuito de circulación de la casa, fue mi burbuja primal. Allí, entre música y libros y complicidades fui creando sin saberlo mi propio modo de estar en la Tierra sin que los otros terráqueos interfirieran demasiado.
Salido de la adolescencia y ya en París hubo un cuarto de planta baja a la calle en un hotel estudiantil, hoy ido, donde al favor de las sucesivas lluvias de primavera, verano y otoño y de los precios amistosos de las librerías de viejo del Qusrtier Latin pude mejorar el método para evadirme sin desvanecerme. La inmediatez de la vereda permitía que entre un párrafo y otro viera desfilar muchachos, de pelo largo en aquells época. En un quinto piso por escalera a metros de la Place de la Concorde pasé veinte bellos años aprendiendo que llevarse razonablemente bien con uno mismo y poder pasar sin problemas días enteros en nuestra propia compañía ( más la de France Culture y France Musique, claro ) era al fin y al cabo una cualidad ventajosa.
A medida que uno suma décadas, la necesidad de un escondite con vista a la vida se hace cada vez más aguda, ya que se confirma el abusado dicho de Sartre, l’enfer c’est les autres. Es entonces que se vuelve urgente procurarse el oasis tan deseado en medio del caos metropolitano.
La compra de un domicilio fijo y los procedimientos subsiguientes constituyen para el amateur de burbujas un verdadero padecimiento. La elección de un espacio concreto, tangible, medible, amueblable y alfombrable –la über-burbuja- inaugura interminables secuencias de dilemas, desengaños, desalientos. Seguramente, se dice uno, en algún punto el planeta habrá un piso con terraza, un rancho feliz o un enchanted cottage del que baste cruzar el umbral para olvidar las penas del mundo. Pero no existe un GPS que localize burbujas. Por otra parte hay que tener presente que la idea de burbuja, esencia platónica de residencia si las hay, no cruzó jamás la mente de ningún agente inmobiliario. Es inútil que uno intente, en una crisis aguda de ingenuidad, revelarles el íntimo anhelo. Ellos no están programados para registrar el pedido. Que uno quiera escapar del ruido y el furor urbanos sin resignarse no obstante a irse a vivir a dos mil cuadras del Teatro Colón les parece un despropósito, en particular si –tal mi caso- la suma a disposición no desparrama ceros.
Por cierto la tentación pastoral existe. Esfumarse del otro lado del horizonte en algún remoto, ignoto paraíso pampeano. Pero viene entonces a la memoria la réplica de Max Jacob: «¿El campo? ¿Ese lugar donde los pollos se pasean crudos?».
Surge a cambio, menos extrema y por cierto más fotogénica, la opción de la burbuja serrana: algo chic y despojado, la Provence, l’Umbria, la Córdoba más secreta. Pero las distancias, pero las rutas, pero los horarios de los trenes - o más arduo, su inexistencia.
Ni soñar con algún punto marítimo, condenados todos a la alternancia entre la baraúnda bronceada de la temporada y el elitismo forzado del desamparo invernal. Es el caso de Venecia, que si no existiera el turismo ( y si noe xistiera el euro) sería la burbuja perfecta.
En la montaña sobran nieves; en el Delta, mosquitos.
Cuando resulta imposible –física y mentalmente- renunciar a la deslumbrante anarquía de la gran ciudad, lo saludable es perfeccionar una burbuja donde acudir, cuando los el díase deshace en el polvo, para darse a la lectura, la meditación, la cocina, el erotismo.
Final feliz: yo busqué y encontré en esta Buenos Aires imposible una burbuja humildísima, pero muy cerca de una estación de subte, donde bajo la guía muda de dos gatas –sin gatos no hay burbuja- y entre plantas y páginas y pantallas y melodías vivo como me parece y compongo su elogio.
Barzón Nº 20, Octubre 2011

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